Anómalo

Imagen tomada de: https://www.pexels.com/es-es/foto/hombre-persona-gente-arte-5333440/

Rodolfo no tenía paradero fijo, con su carro a cuestas recorría cada escondrijo para rebuscarse entre las cosas que pudieran ser de utilidad, como, por ejemplo: latas de cerveza vacías, todo tipo de plásticos, cartones, baterías viejas, todo lo que pudiera caber en su carro viejo, que por cierto él mismo los fabricó de otras partes, como Mary Shelley.

            Otro amigo, Chito, le había dicho que, si ingresaba en el cementerio, podía robar cruces, candelabros, o cualquier objeto de bronce o cobre, ya que nadie los reclamaría por obvias razones. Para él, sería fácil inmiscuirse en el interior del predio, sabía muy bien por dónde ingresar sin que el sereno se percatase que traspasó. Incluso, si llegase a descubrirlo tampoco era un problema muy difícil de resolver, él estaba confabulado con varios que hacían lo mismo, incluso con estudiantes de medicina que profanaban los cuerpos; solo quería su parte y su boca sería un cajón.

            El orificio que servía de pasadizo secreto tenía como metro y medio de diámetro, «incluso un gordo de doscientos kilos puede pasar fácil por ahí», pensó él. Acto seguido, dejó su carro a un costado, encendió un cigarrillo y traspasó el portal de ánimas. El silencio sepulcral era estremecedor y por más que aún no se disipó del todo el alcohol que consumió un día antes, estaba tan sobrio para saber en qué se estaba metiendo.

            Aceleró el paso, llegó hasta las tumbas, empezó a seleccionar los objetos de bronce para su posterior venta, crucifijos, porta velas, incluso dejó algunas fotografías sin su portarretratos, al menos tenía todo lo necesario para salir y hacerse rico por un día. —Sonrió victorioso.

            Sin embargo, cuando estaba regresando, un extraño ser se presentó ante él, el olor pútrido envolvió la atmósfera, era muy fuerte que ingresó hasta sus pulmones. —Se cubrió como pudo—. De pronto… se quedó inmóvil, aunque intentó moverse, no podía y eso que tenía toda la fuerza de voluntad para hacerlo.

            El extraño ser caminó hacia él con sus cuatro patas, lo anómalo, que utilizó sus codos de los brazos como patas, era siniestro verle caminar así y Rodolfo no podía gritar ni echarse a correr, ¿qué era ese poder sobrenatural que lo atajó en seco? Se acercó más y más y vio su ferocidad a centímetros de él.

            «Esto no puede estar sucediendo», —sostuvo en su fuero interno—. Tampoco moriría sin dar un último intento por sobrevivir. Alzó milímetro a milímetro el crucifijo que tenía en una de sus manos y se lo enseñó cuando vio su hocico abriéndose, allí el monstruo detuvo sus pasos, miró con sus ojos sanguinolentos, después huyó.

            Rodolfo, miró el objeto y no supo qué decir, corrió hasta el orificio prohibido, cuando traspasó hacia el exterior, devolvió los objetos, no en el sitio anterior cuando los sustrajo de sus tumbas, pero sí donde debía permanecer.

            Quiso sacar provecho de algo que no necesitaba, y eso que no necesitó, fue lo que le salvó del yugo de la muerte.

            Desde esa ocasión prefirió vivir con dignidad, sin necesidad de profanar el recuerdo de nadie.

            © 2021 Marcos B. Tanis.

Publicado por M.B. Tanis

De profesión analista, docente y magíster en auditoría en informática, amante de la lectura y ahora escritor. Tengo mis primeras novelas publicadas tituladas: Fragilidades del alma y Aquello que menos esperas I y II, además varios apresurados por salir de la oscuridad.

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